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La brecha

La brecha

Jaime Mañalich: “La brecha entre el derecho a la salud y el acceso real sigue siendo enorme en América Latina”

La distancia entre lo que las leyes prometen y lo que los pacientes reciben sigue siendo uno de los grandes pendientes de los sistemas sanitarios en América Latina, así lo planteó Jaime Mañalich, exministro de Salud de Chile, en entrevista con Maribel Ramírez Coronel y José Luis Cárdenas para Salud en Serio, donde llamó a revisar los obstáculos estructurales que frenan el acceso efectivo a la atención, especialmente para la población más vulnerable.

Lo escrito no basta: normas versus realidad

Mañalich señaló que en la mayoría de los países existen marcos legales que reconocen el derecho a la salud y, en teoría, establecen garantías de acceso, sin embargo, subrayó que persiste “una distancia enorme” entre reglamentos, programas y discursos, frente a lo que realmente ocurre en clínicas y hospitales.

A su juicio, hay dos ejes que explican buena parte del problema: el financiamiento (cómo se concibe y se prioriza el gasto) y el modelo de atención (qué tanto se fortalece la atención primaria frente a la súper especialización).

Salud como gasto y no como inversión

El exministro sostuvo que, de manera general, las áreas de finanzas públicas tienden a ver la salud como un gasto “doloroso” y no como una inversión estratégica. Esa mirada, dijo, debilita la voluntad política para asignar recursos suficientes a un sector cuyo costo crece de forma sostenida por el envejecimiento acelerado y el aumento de enfermedades crónicas.

Propuso cambiar el enfoque: tratar la salud como inversión en capital humano, algo que —según explicó— está más aceptado en educación, pero no ha permeado con la misma fuerza en el debate sanitario.

Para ilustrarlo, mencionó el caso del tabaco: cuando se habla de controlarlo como una inversión en años de vida saludable, suele aparecer la contradicción de los impuestos que paga la industria. Sin embargo, afirmó que el costo sanitario del tabaquismo supera con creces lo recaudado, lo que equivale, en la práctica, a un subsidio indirecto.

El déficit histórico: atención primaria subfinanciada

El segundo eje que identificó fue el modelo centrado en la súper especialidad, más cercano al esquema estadounidense, en contraste con los sistemas donde la atención primaria es el núcleo (como los modelos británico, canadiense, neozelandés o australiano).

Mañalich lamentó que, pese al consenso internacional desde Alma-Ata, la región no ha logrado construir una atención primaria robusta, multiprofesional y con incentivos adecuados. En ese punto subrayó que la primaria no debe limitarse a atender individuos, sino hacerse cargo de poblaciones, gestionando indicadores como control de diabetes, infartos o salud mental.

Sistemas mixtos y menos rigidez ideológica

Ante la pregunta sobre qué modelo seguir, el exministro fue tajante: hoy, los esquemas “puros” (tipo Beveridge o tipo Bismarck) resultan insuficientes. En su opinión, mientras más se aferre un país a un modelo rígido, peor será la experiencia para la ciudadanía.

Planteó que el camino pasa por sistemas mixtos, con flexibilidad para adaptarse a realidades cambiantes, y por poner al centro la resolución de los problemas del paciente por encima de etiquetas ideológicas.

También advirtió que la salud requiere políticas de Estado —estables y consensuadas— porque los cambios frecuentes de gobierno suelen reiniciar agendas y frenar continuidad. “Los servicios de salud no pueden parar”, ejemplificó: modificar un sistema en marcha es como “arreglar un motor en pleno vuelo”.

Lo que enseñaron las emergencias: integrar redes en la normalidad

Mañalich recordó que Chile ha vivido momentos en los que la integración de redes fue indispensable: el terremoto del 27 de febrero de 2010, cuando parte de la capacidad hospitalaria pública se perdió en minutos, y la pandemia de 2020, cuando se articuló una red público-privada, militar y de mutuales para trasladar pacientes y ampliar capacidad.

El desafío, reconoció, es lograr esa optimización del uso de recursos no solo en estados de excepción, sino en tiempos normales. En esa línea, criticó prácticas que generan ineficiencia y daño: desde el sobreuso de procedimientos hasta la influencia comercial en la prescripción farmacéutica, que puede llevar a pagar medicamentos de marca mucho más caros que equivalentes más accesibles, afectando sobre todo a pensionados y personas vulnerables.

Listas de espera, derivaciones y el peso de la salud mental

Como síntoma del desequilibrio del sistema, el exministro mencionó que en Chile existen millones de personas en listas de espera para especialistas, y lo vinculó a un problema estructural: se deriva “con demasiada facilidad” al hospital lo que podría resolverse en atención primaria.

Puso como ejemplo la salud mental, que describió como uno de los problemas más relevantes en prevalencia en varios países latinoamericanos. Sin una respuesta coherente en el primer nivel, dijo, el acceso termina dependiendo de pocos especialistas, muchas veces concentrados en la práctica privada.

Gestión y salud: hacer conversar dos mundos

Para cerrar brechas, Mañalich insistió en la necesidad de integrar el mundo clínico con disciplinas de gestión, economía, presupuesto y logística. Señaló como paradoja que médicos altamente especializados pasen de operar cirugías complejas a dirigir hospitales con presupuestos millonarios sin formación administrativa suficiente.

Defendió medidas para profesionalizar la gestión, como permitir que directores de hospitales o servicios no deban ser necesariamente médicos, y formar perfiles híbridos: profesionales sanitarios capaces de dialogar con Hacienda en términos de costo-beneficio y eficiencia.

Tecnología: tres preguntas antes de adoptar “lo nuevo”

Finalmente, alertó sobre la adopción acrítica de innovaciones. Propuso tres criterios para evaluar tecnologías sanitarias:

  1. Cobertura: si mejora el acceso de más personas.
  2. Equidad: si reduce brechas o, por el contrario, amplía desigualdades.
  3. Eficiencia: si permite hacer más y mejor con los mismos recursos.

Recordó que la telemedicina durante la pandemia fue un ejemplo de innovación útil y relativamente equitativa; en cambio, advirtió que ciertas apuestas tecnológicas —como robotizar masivamente cirugías— pueden elevar costos, reducir acceso y no necesariamente mejorar resultados.

En conjunto, la entrevista dejó una idea insistente: para que el derecho a la salud deje de ser un enunciado y se convierta en una realidad cotidiana, América Latina necesita más inversión inteligente, una atención primaria fuerte, continuidad política y una gestión profesional que integre redes y recursos con foco en las personas.